Daniella Pérez
Rojano
La teoría de la eternidad
Déjate transformar por este viaje llamado vida
¿Qué ocurre después de morir? Es una de las preguntas más recurrentes de la humanidad.
En este libro exploramos a profundidad este misterio que ha inquietado al hombre durante siglos.
© 2021
© 2021
Daniella Pérez Rojano
Daniella Pérez Rojano, escritora y creadora visual nacida en Querétaro, México. Estudió fotografía y guion cinematográfico.
Ha realizado exposiciones fotográficas como Expresiones de inocencia y Bajo el cielo de África en México. Es autora de la novela El brillo de mi sombra, publicada también en inglés como The Gloss of My Shadow.
Actualmente publica su segunda obra, La teoría de la eternidad, donde profundiza en temas como la existencia, la muerte y la trascendencia espiritual.
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La teoría de la eternidad
¿Qué ocurre después de morir? Es una de las preguntas más recurrentes de la humanidad.
En este libro exploramos a profundidad este misterio que ha inquietado al hombre durante siglos.
Con el análisis de las distintas culturas, religiones, posturas filosóficas, y con la mirada de diferentes personajes sobresalientes de la humanidad, este libro nos invita de manera fascinante a observar como la muerte ha sido entendida a través del tiempo.
Incluyendo también las distintas posturas de la medicina, la psicología y las ciencias, así como la física y química cuántica.
Pero más allá de la teoría, esta obra expone distintos testimonios sorprendentes de personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, y han regresado para contarlas, desafiando a la lógica y la comprensión humana. Nos invita a cuestionar y reflexionar ante una posibilidad enigmática: que morir no sea el final, sino el inicio de algo más.
La teoría de la eternidad
Capítulo 1
¿QUÉ HAY DESPUÉS DE LA VIDA?
La muerte es un paso obligatorio que compartimos todos los seres vivos. Ha despertado un interés profundo en mí; quisiera entender con más claridad el misterio que hay detrás de ella y cómo es percibida en el mundo, no solo como un hecho biológico, sino de manera espiritual: comprender mejor esta parte inevitable de la travesía humana, ese final o comienzo que nos espera al cerrar los ojos a la vida.
He presenciado su paso en distintas etapas de mi vida. Se llevó a mis amados abuelos, tíos, mascotas..., pero las pérdidas más dolorosas, sin duda, fueron las de mis padres. Convivir con la muerte no ha sido fácil; es complicado aceptarla sin reproches. La he visto caminar sin disimulo, sin tregua, disfrazada de enemiga inflexible, desnudando mi gran vulnerabilidad.
La muerte de alguien tan amado rompe, de alguna manera, la continuidad de la vida, irrumpe en la cotidianidad y nos obliga a tocar un fondo desconocido, un vacío y un silencio existencial. El duelo puede verse como un momento irreal en el que la mente se resiste a la verdad, a la ausencia de quien ya no volverá, y se obliga a buscar su presencia en los gestos cotidianos, en los espacios o en la memoria. Este momento de negación es una extraña manera de protegernos. La ausencia se vuelve más dolorosa con los días, cuando el que ha partido ya no llama, no abraza, no acompaña; para entonces, el dolor se va transformando en una tristeza muy profunda y, muchas veces, llega la sensación de que algo quedó inconcluso, de que algo ha quedado sin decirse.
Durante años rechacé su existencia. Le reclamé su presencia como si fuera una intrusa indeseable; la maldije con rabia y tristeza. Pero el tiempo, ese gran maestro paciente, me llevó a tener una mirada distinta. Hoy elijo observarla con otros ojos: con la luz de mi consciencia, con la serenidad de quien ya no desea resistirla. Busco comprenderla y —por qué no— entablar con ella una relación diferente; no de confrontación, sino de entendimiento.
Capítulo 2
MI PADRE
Era muy joven cuando la muerte irrumpió de forma brutal en mi vida. La pérdida de mi padre marcó uno de los momentos más dolorosos y tristes de mi existencia. Fue repentina, absurda, casi imposible de asimilar. Falleció de un infarto fulminante una tarde cualquiera, mientras jugaba fútbol con amigos, a los cincuenta y siete años de edad. Lo había visto el día anterior, sonriente y saludable; por lo menos, eso parecía.
La noticia me llegó como una sentencia incomprensible a través de una llamada telefónica. Me encontraba en el recibidor de mi casa, con el auricular en la mano, cuando de pronto el mundo se detuvo. Mi cuerpo tembló. Mi rostro se desfiguró muy lentamente, como si mis facciones quisieran deshacerse del dolor rompiéndose en pedazos. Me dejé caer sobre el frío suelo de aquel desolador octubre. Era otoño y era, sin duda, el más cruel de todos.
Esa noche fue larga, interminable. Un vacío desgarrador me habitó durante años. Mi padre era el amor más grande que conocía: mi protector, mi sostén, mi raíz. Él era mi todo.
Me sentí traicionada por la vida y, en consecuencia, por la muerte. ¿Cómo era posible que alguien tan amado se marchara así, sin aviso, dejando atrás todo en aparente desorden? Durante mucho tiempo me debatí entre pensar que Dios me lo había arrebatado o que él mismo había pedido retirarse por cansancio o por razones que yo no podía entender. Cualquier explicación me resultaba insoportable; ninguna era suficiente.
Era demasiado joven, inmadura. No tenía herramientas para enfrentar algo tan duro. No pedí ayuda. No supe cómo continuar. Mi dolor se convirtió en un muro. Me encerré en mí misma. Me volví rebelde, inestable, y mis emociones comenzaron a traicionarme. Dos enemigos silenciosos se instalaron durante años a mi lado: la ansiedad y la depresión.
Poco a poco abandoné mis sueños. Cerré la puerta al amor, a la esperanza y a todo aquello que pudiera herirme. Me descuidé y, en consecuencia, también enfermé. Fue una batalla muy dura de pelear, una enfermedad insistente, desgastante y también peligrosa. Me quitó mucho tiempo y cerró todas las puertas que se presentaron hacia distintas oportunidades. Volver a mi centro fue un proceso lento, lleno de tropiezos. Me tomó años encontrar el camino de regreso, reencontrarme conmigo misma, aceptar la ausencia de mi padre, reconciliarme con la vida… y con Dios.
Mi retorno a Dios fue una experiencia silenciosa y luminosa. No ocurrió de un día para otro, pero cuando finalmente lo sentí a mi lado, pude reconocerlo; su presencia fue mágica, transformadora. Él me devolvió la dirección y la fe. Me acercó a personas sabias, compasivas, que me ayudaron a sanar y a asumir con responsabilidad mi duelo, a mirar la muerte de mi padre desde otra perspectiva: no como un castigo, sino como parte de un proceso mayor que mi entendimiento humano.
Reconciliarme con Dios fue reconciliarme con todo: con la vida, con mi familia y conmigo misma.
Capítulo 3
MI MADRE
Muchos años después, ya siendo una mujer madura, perdí a mi madre. Fue en 2023. Habían pasado veinticinco años desde la partida de mi padre. Su muerte fue también muy dolorosa, pero profundamente distinta. Esta vez tuve la oportunidad de acompañarla, de asimilar, poco a poco, su partida y, de cierto modo, de prepararme.
Estuvo más de un mes en terapia intensiva, enfrentando una enfermedad muy compleja. Aunque nunca perdí la fe en su recuperación, aterrizada en una posible realidad, sabía que podría irse en cualquier momento. Su cuerpo estaba muy debilitado y sus órganos comenzaron a fallar. La vi aferrarse a los aparatos médicos, sedada, cada vez más lejos. Pero, aun en su fragilidad, conservaba destellos de humor y dulzura. No nos habló de la muerte. No sé si por protegernos o porque aún albergaba esperanza en ella.
Sin embargo, yo, en silencio, comencé a prepararme.
La cuidé con devoción durante esos días. Le hablé del pasado acariciando la nostalgia y le hablé del futuro como una bella esperanza. Recé junto a ella. Le acariciaba sus delicadas manos y, llorando, le pedí perdón por mis errores cometidos a lo largo de la vida, por haberla hecho llorar, por haberla decepcionado en distintas ocasiones. Le agradecí su amor incondicional, su entrega generosa, sus cuidados y las maravillosas carcajadas que me regaló. Aunque los médicos la tenían dormida, en todo momento sabía que ella me escuchaba, que comprendía cada palabra que salía de mis labios humedecidos por las lágrimas.
Esta vez, a diferencia de la partida de mi padre, pude despedirme. Con el corazón roto, sí, pero desde otro nivel de consciencia. Ya no era aquella niña perdida en el dolor y la oscuridad. Ahora comprendía que mi madre, como todos, era finita; que su tiempo aquí tenía un propósito y también un final. Cuando partió, sentí un inmenso dolor de perder nuevamente a alguien tan amado, pero, a su vez, también agradecí a Dios por haberla tenido tantos años, por las memorias hermosas, por las historias compartidas, por haber sentido un amor tan profundo e incondicional. Con ella pude vivir más, decir más y amarla por más tiempo.
La vida y la muerte se revelaron entonces como maestras sabias, como aliadas que me han enseñado a conocerme, a despertar, a crecer.
Entendí que el dolor no desaparece, simplemente va cambiando de forma; aquella herida comienza a cicatrizar, pero la marca seguirá, y así uno debe aprender a continuar.
De pronto, el sufrimiento se integra como memoria significativa para así poder asomarte al recuerdo sin quedar atrapado en el dolor, atravesando la nostalgia con amor y agradecimiento. El amor continúa igual, o tal vez más fuerte, expresándose de una manera distinta a través del recuerdo eterno.


